lunes, 7 de marzo de 2016

La saga de los borelianos I. Infiltrado reticular (Germán Fernández)

Germán Fernández Sánchez, conocido autor de uno de los más reputados blogs españoles de divulgación científica, El neutrino, aparece por segunda vez en este casi abandonado blog, merced a la publicación del primer volumen de La Saga de los Borelianos, titulado Infiltrado reticular.

El libro, al igual que su anterior obra El expediente Karnak, ya comentado aquí, entra de lleno en el terreno de la ciencia ficción, espacio donde el autor, cómo no podría ser de otra manera, demuestra moverse con soltura.

El leitmotiv de la obra es el mensaje que, destinado a las posibles inteligencias extraterrestres del universo, la “humanidad” envió desde el radiotelescopio de Arecibo en 1974. A cualquiera se le ocurre que esta acción de marketing espacial fue una auténtica estupidez, pues, como bien advierte Germán Fernández, desde entonces, sea quien sea quien esté ahí fuera, ya sabe dónde encontrarnos.

Siempre ha sido objeto de debate científico el propósito que civilizaciones más avanzadas que la nuestra puede tener en su visita a nuestro planeta. El muchas veces utilizado paralelismo de estos encuentros con los que en la misma Tierra se han producido, no deja mucho lugar para el optimismo. La depredación de los recursos naturales, la esclavización de los aborígenes, las conquistas a sangre y fuego, no constituyen un referente tranquilizador, precisamente. A pesar de que otras voces afirman cándidamente que una civilización tan avanzada como para llegar a la Tierra tendría un comportamiento ejemplar para con sus habitantes (nosotros), mejor hubiese sido haberse quedado calladitos.

Pues bien, la novela comienza precisamente así. Una avanzada civilización capta el mensaje, y envía a uno de los suyos en misión de reconocimiento a la Tierra. Durante el viaje se tropezará con personajes de las más variopintas razas extraterrestres (pues para sorpresa del lector hay muchas) que complicarán y retrasarán su tarea con consecuencias tan inesperadas como desastrosas. Finalmente lo logrará, aunque en unas circunstancias que no revelaremos, y cuyo devenir no muy prometedor deja el autor para el segundo libro de la saga.

La novela está escrita con un fino sentido del humor, y el propio autor interviene ocasionalmente en la misma para hacer alguna acotación erudita o dar alguna explicación que dé coherencia al relato y al comportamiento de los extraños personajes que lo pueblan, lo cual, contra lo que pudiera parecer, no resta frescura a la narración. Es de lectura ágil, por mor también de los cortos capítulos en los que se encuentra dividida la novela, y la visión de la trama, y en su momento de los seres humanos, desde la perspectiva de un tipejo extraterrestre, confiere un valor añadido a la obra, que resulta tan entretenida como divertida.

Esperamos ansiosamente la segunda parte de la trilogía, pues la narración de la primera se queda, precisamente, en el momento de la llegada a la Tierra de la nave Argos, y nos deja pendientes de una masiva abducción de terrícolas con un propósito que tendrá que descubrir el propio lector.

Infiltrado reticular ha sido editado por Los libros del neutrino, y puede ser adquirida tanto en versión impresa como en libro electrónico en formato Kindle, en la librería de Amazon. Puede verse el video de divulgación de la misma en https://www.youtube.com/watch?v=Ytmb_E3nPjk

martes, 28 de enero de 2014

Tres hombres en una barca (por no mencionar al perro). (Jerome K. Jerome).

Tres hombres en una barca (por no mencionar al perro) es una novela mítica en el mundo anglosajón. No hay estudio, disertación o comentario a la novela humorística británica que no haga referencia a esta obra. Por eso me lancé a ella sin pensarlo dos veces en cuanto que cayó en mis manos fruto de un regalo de cumpleaños. Además, y como valor nostálgico añadido al estrictamente literario, resulta que hace algunos años, al tiempo de mi estancia en la Universidad de Oxford, tuve la experiencia de hacer un trayecto por el Támesis de recorrido y contenido similar al que relata la obra, aunque, eso sí, sin perro y a favor de la corriente.

No voy a ser yo quien excluya esta novela de las legendarias del mundo anglosajón, ni mucho menos, pero ciertamente tenemos que convenir que el sentido del humor, lo que es gracioso y lo que no, es algo que cambia a través del tiempo. La obra rezuma situaciones inusuales, divertidas y grotescas, tanto en los finales del siglo XIX cuando la obra fue escrita, como en este siglo XXI que tenemos ya bien entrado y que tan poco nos está convenciendo, cierto es, pero nos tememos que el paso del tiempo ha hecho mella en el interés de la novela. Y no por culpa de Jerome K. Jerome, que debió de escribir una obra novedosa, sino porque su manera de relatar y lo que con ella cuenta ha sido ya más que explotado por autores y cómicos posteriores, sin duda de menor talento (en cuanto a la difícil biografía de Jerome, que confiere una mayor valía a su sentido del humor, en otro sitio podrá consultarla el lector).
 
No obstante, la exposición de las sucesivas anécdotas que conforman el relato es realmente buena, y el lector puede percibir desde su cómodo sillón la esencia de la trama y empatizar con personajes y situaciones e, incluso, verse partícipe de ella, ya que todos nos hemos encontrado en contextos similares que, bien es cierto, suele suceder (como a veces pasa aquí), que son más graciosos para quien los vive que para quienes les son relatados.

En resumen, podríamos concluir que, pese al menor interés que hoy en día pueda tener la obra desde el punto de vista de lo humorístico, Tres hombres en una barca, es una de esas novelas que hay que leer, pues ayudan a explicar muchas otras de las escritas con posterioridad. El secreto para no ser defraudado es acercarse a ella como si de una lectura obligada se tratare, y no buscando un divertimento fácil e inmediato. Para ello, recomendamos la lectura atenta de la introducción que Stella Gibbons hace en la edición de Blackie Books, que ha sido, precisamente, la que nosotros hemos utilizado.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Mira si yo te querré (Luis Leante).

Otra novela premiada. Esta vez por Alfaguara en 2007. El Premio Alfaguara de Novela es un premio muy importante, pues la editorial lo es, y uno esperaría una novela de proporciones épicas. Y no es para tanto. Ni mucho menos. Cierto que entretiene, y nos es cercana en lo afectivo, en cuanto que nos traslada a la época de la descolonización del Sahara Español (o su invasión por Marruecos, que es lo mismo) y nos da unas pinceladas de la vida en la provincia, sobre todo la de los soldados españoles, no sé hasta qué punto realista. Pero si en lugar de tratarse del Sahara estuviéramos en el Congo de los belgas, no creo que su atractivo para el lector medio español se hubiera mantenido.
 
La estructura de la novela es más que rígida y facilona. Transcurriendo la acción en Barcelona y el Sahara, el autor alterna férreamente los capítulos en uno y otro escenario: capítulos impares en España y pares en África (o viceversa, que no recuerdo bien).
 
La trama es correcta, aunque quizás desmedida, confusa y poco creíble en algún caso, como en la descabellada aventura que corre la protagonista entre ex legionarios, argelinos y saharauis a su llegada a África, en un viaje provocado por una más que extraña coincidencia, que es, precisamente, la que sustenta el argumento de toda la obra: la narración de una gran historia de amor que se mantiene a lo largo del tiempo, la distancia y las clases sociales.
 
El desenlace final, que se pretende sorprendente, se lo huele uno desde que aparece en escena el curioso personaje que lo provoca, aunque ciertamente no deja de ser razonable visto el desarrollo de la novela y las peripecias que sufren los protagonistas.
 
Leí esta novela después de El tiempo entre costuras, que apareció unos años más tarde, y hay algún episodio, sobre todo al principio, que desprende un alarmante tufillo a ese best seller español, quizás porque su autora de alguna manera se inspiró en ésta que comentamos ahora. Afortunadamente, la cosa se remedia en cierta medida, y tenga la tranquilidad el lector de que en la comparación entre ambas novelas, sin duda la de Leante sale vencedora, lo que ya es algo.
 
Precisamente, ahora que también nos castigan en televisión con las peripecias de la costurera espía, echamos de menos una película basada en Mira si yo te querré, pues como base de un guión cinematográfico de película de aventuras, podría tener mayor interés.
En conclusión, no desaconsejo su lectura, pues está correctamente escrita, y las aventuras que narra son entretenidas. Pero no espere el lector más exigente encontrarse con la gran novela de la década, sino con una obra cuidadosamente seleccionada para que su promoción con el premio otorgado le permita una fácil llegada al gran público y, paralelamente, unos ingresos generosos a la editorial. Marketing literario, ciertamente, pero también podría haber sido peor.

viernes, 22 de noviembre de 2013

El lago en las pupilas (Luis Goytisolo).

Luis Goytisolo ha sido recientemente galardonado con el Premio Nacional de las Letras, premio sin duda merecido. Aunque no haya sido por esta novela. La leí hace unos meses y me pareció un relato totalmente prescindible. En algunos momentos parece que va a arrancar en alguna trama verdaderamente interesante, pero la narración no es más que una sucesión de amagos salpicada con anécdotas más o menos simpáticas que en ningún caso dan un empaque de cierto interés a esta novela, afortunadamente corta. Suponemos que hay autores que viven de esto y, por ello, tienen que publicar cada cierto tiempo para pagar el recibo de la luz. Espero lo haya conseguido.

martes, 12 de noviembre de 2013

El insólito peregrinaje de Harold Fry (Rachel Joyce)


Ya he hablado en alguna ocasión de la cada vez más generalizada costumbre, moda, manía o plaga de terminar las novelas (y las películas) con una rebuscada pirueta argumental cuyo único fin es sorprender al lector y demostrarle lo listo que es el autor, que ha sido capaz de tenerle engañado de esa manera. En una novela de misterio, esto aún puede tener un pase, pero la novela que nos ocupa hoy es un drama costumbrista. ¡Un drama costumbrista! Y no se trata sólo de que la autora dosifique la información y se guarde cartas en la manga hasta el final, no. Al fin y al cabo, el autor es soberano y puede estructurar la novela como le plazca. Pero hay que ser honrado. Y esta novela no lo es. A lo largo de la narración, la autora engaña deliberadamente al lector haciéndole creer algo que al final se revelará falso.

He pensado mucho, antes de escribir esta crítica, si desvelar o no esa sorpresa final de la que hablo. Y he decidido que sí. No creo que vaya a estropearle a nadie la novela, y puede que evite a alguien el trago de sentirse, como yo, estafado. Pero si te gusta que te tomen el pelo, no sigas leyendo.

La novela trata de un matrimonio de ancianos roto por un suceso del pasado relacionado con su hijo, que se marchó de casa hace años. Algo de lo que nadie habla. Uno imagina desde el principio que una situación tan dramática sólo puede estar causada por la muerte del hijo, pero se convence de que no es eso cuando la mujer relata al hombre sus conversaciones telefónicas con él y, más tarde, cuando el hombre cree reconocerlo entre una multitud. Pues no, al final es todo mentira. El hijo sí está muerto, y la madre, que no pudo asumirlo, tiene conversaciones imaginarias con él. Puede valer, pero ¿dónde encaja aquí la actitud del padre? ¡Que le ve por la calle, sabiendo que está muerto, y lo vive como lo más natural del mundo! Nada de "no es posible" ni de "estoy viendo visiones"... Y, por supuesto, nada de "pero si está muerto". Porque, para más inri, la novela está escrita desde el punto de vista de un narrador omnisciente (narradora en este caso), que no sólo nos cuenta lo que hacen los personajes, sino también lo que ven, lo que piensan y lo que sienten. ¡Menuda tramposa!

Lo que más me sorprende es que todo el mundo habla maravillas de esta novela. Está bien escrita, sí, pero tampoco es para tirar cohetes. (O sí, visto el nivel medio de lo que se publica.) Y encima que te engañen así. O igual es que yo soy un poco cortito.

miércoles, 8 de mayo de 2013

La cuchara menguante (Sam Kean)


¿Existen dos libros con el mismo título y cuyos autores tienen el mismo nombre? Porque la sensación que me ha quedado al terminarlo es que el libro que yo he leído no puede ser el mismo libro que ha merecido tantas y tan unánimes críticas elogiosas. Lo menos que puedo decir es que me ha decepcionado. Quizá sea porque, debido a esas críticas, lo empecé con unas expectativas demasiado altas.

La primera en la frente. No sé si es culpa del editor español, o en el original pasaba lo mismo: Las notas a pie de página no se encuentran a pie de página, sino que están reunidas al final del libro. Es una cosa muy molesta, porque además algunas son notas aclaratorias, otras son ampliaciones o divagaciones que igualmente habrían podido tener cabida en el texto, y otras son meras anotaciones bibliográficas. Hay que andar con dos señales, y moviéndose continuamente de un lado a otro, a veces para nada. (Sí, lo confieso, soy uno de esos lectores negligentes que, cuando leen un libro, no corren a la biblioteca para consultar la bibliografía.) Es incomodísimo. Y me temo que no es un caso aislado, sino que es una tendencia que está imponiéndose entre los editores. ¿Por qué? No lo sé. Podría haberse entendido hace cien años, cuando los libros se componían manualmente, pero ahora, con las facilidades que dan los editores de texto, ¿qué problema hay con colocar cada nota donde corresponde? ¿Es que pretenden que leamos primero el texto entero, y después todas las notas de corrido? No tiene sentido. Yo, al menos, me veo incapaz de recordar, después de haber leído todo el libro, a qué hacía referencia cada una de las notas. Sin embargo, si sólo se tratara de esto, no habría escrito esta crítica; para ser justos, es un problema de composición, más achacable al editor que al autor. Pero no, hay más.

Vayamos al contenido. Con la excusa de la tabla periódica, lo que hace el libro, sobre todo, es contar anécdotas. ¿Habla de ciencia? Sí, pero, para mi gusto, se queda corto. No he medido los párrafos, pero la impresión que me ha quedado es que la mayor parte del libro es un "Sálvame" de la historia de la ciencia. Muchas anécdotas tienen poco o nada que ver con la actividad científica de los personajes que aparecen en el libro. Me ha recordado algo que leí hace unos años, y que me pareció, y aún me parece, una aberración. Decía algo así como que para divulgar la ciencia hay que reducir el contenido científico al mínimo, y rellenar con paja. No con esas palabras, claro, pero el mensaje era ése. ¿A alguien le parecería aceptable un consejo semejante para escribir, pongo por caso, sobre política internacional, sobre leyes, sobre historia del arte o sobre fútbol? Por supuesto que no. Entonces, ¿por que con la ciencia sí vale? Estoy de acuerdo con que hay que hacer la ciencia accesible al gran público, pero no creo que sea ése el camino. No olvidemos la navaja de Einstein: "Es conveniente simplificar todo lo posible, pero no más". Esa divulgación científica con mínimo contenido puede servir para vender más libros y más revistas de divulgación, pero no me parece que sirva para despertar el interés por la verdadera ciencia entre los legos y, desde luego, a los científicos nos aburre. A mí por lo menos. El que no sepa nada de ciencia, poco va a aprender así, con el agravante de que va a creer que sabe. Como divulgador, prefiero dirigirme con rigor a un pequeño grupo de lectores interesados que soltar cuatro chorradas para atraerme al "gran público". Tampoco hay que rasgarse las vestiduras porque a un amplio porcentaje de la población no le interese la ciencia. Allá ellos. No desvirtuemos la ciencia para complacerlos, que lo que vamos a conseguir es que los que están realmente interesados deserten.

Como muestra de la profundidad científica del libro, el autor dedica unas páginas, que a mí se me hicieron interminables, al asunto de cuál sea la palabra más larga en inglés. Que debe de ser de indudable interés científico porque en una revista científica se publicó una vez una de las candidatas, el nombre de una proteína formado por la concatenación de los nombres de nosecuántos aminoácidos. ¿Dónde está aquí la ciencia?

Se nota además en el libro un acusado provincianismo estadounidense, por ejemplo en la comparación de la tabla periódica con el mapa de los EE.UU., con los gases nobles en la costa este, los metales alcalinos en la costa oeste y los metales de transición en las grandes llanuras. Es una metáfora útil para el lector estadounidense, no lo pongo en duda, pero no tanto para el lector español, mucho menos ducho en geografía norteamericana. Una metáfora pierde su utilidad si el lector está tan poco familiarizado con la imagen como con la realidad con la que aquélla se identifica. La traducción tampoco ayuda mucho; por ejemplo, Rosie la remachadora debe de ser muy conocida en Estados Unidos, pero yo he tenido que buscarla en Google para saber quien  era. (Sí, al final sí sabía quién era, la conocía de vista, pero no sabía que se llamara así.). Y hablando de la traducción, aunque en conjunto está bien, hay unos cuantos errores garrafales que saltan a la vista, como dejar sin traducir, en mayúsculas y sin artículo, el grado militar Major en un nombre, como si formara parte del nombre propio. Y sobran ciertas explicaciones que pueden ser necesarias para el lector anglófono, pero que para el español no tienen sentido, como explicar que lunático viene de luna, porque luna en latín se dice... luna. Y, a propósito del latín, parece que el autor tiene algún problema personal con esa lengua. A no ser que esté empleando la vieja técnica de los demagogos de rebajarse al nivel mínimo de la audiencia para ganársela mediante el desprecio de todo lo que signifique elevarse sobre ese nivel. Pero no quiero ser malpensado.

Más grave aún que el provincianismo me parece el descarado sesgo chovinista en la selección de las anécdotas: El autor es indulgente con los científicos estadounidenses pero se ceba con los extranjeros. Como muestra, censura extensamente y sin piedad a los científicos que trabajaron o medraron bajo los regímenes nazi y soviético, pero a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki sólo les dedica una aséptica línea. Y cuando no tiene más remedio que criticar alguna investigación llevada a cabo en los Estados Unidos, nunca olvida destacar el origen extranjero, generalmente europeo, de algún científico involucrado.

¿Y qué hay del contenido realmente científico? Pues deja bastante que desear. Por ejemplo, utiliza exclusivamente el modelo de Bohr de sistema solar en miniatura, superado hace décadas, para hablar de los átomos, y describe un condensado de Bose-Einstein de átomos como un átomo gigante, confundiendo el tamaño con la deslocalización causada por el principio de indeterminación de Heisenberg. El hecho de que no podamos determinar con precisión dónde se encuentra un átomo no significa que su tamaño haya aumentado; de ser eso cierto, podríamos decir lo mismo de los electrones en un átomo. Porque desde hace casi cien años sabemos que los electrones no giran como planetas alrededor del núcleo atómico, sino que su posición nos viene dada por una nube de probabilidad alrededor del mismo; una nube que es tan grande como el propio átomo. Pero el tamaño de esa nube, la región del espacio donde existe una probabilidad no nula de encontrar al electrón, no es el tamaño del electrón.

El autor también patina cuando habla del valor absoluto de constantes con dimensiones como si fueran adimensionales. De una constante adimensional, como la constante de estructura fina, que caracteriza la intensidad de la interacción electromagnética (aproximadamente 1/137), podemos decir que es grande o pequeña en términos absolutos, pero de una constante con dimensiones, como la constante de Planck, no podemos. No es correcto, como hace el autor, decir que la constante de Planck es cientos de miles de millones de veces menor que 1 (o la cantidad que sea, que ahora mismo no la recuerdo). Su valor numérico depende de las unidades en las que lo midamos. Sí, el valor de la constante de Planck es muy pequeño en los sistemas de unidades habituales, pero su valor numérico varía en 19 órdenes de magnitud, o sea, diez trillones de veces, según se exprese en Julios por segundo o en electronvoltios por segundo. Y de hecho, en el sistema de unidades naturales propuesto por el mismísimo Planck en 1899, la constante de Planck vale 1. Puedo parecer quisquilloso, pero, como ya he comentado en mi blog El neutrino, el correcto manejo de las dimensiones es una herramienta matemática potentísima y muy fácil de aprender, y de la que sin embargo se priva a los estudiantes de primaria y secundaria, con las consecuencias que todos conocemos (y no me refiero ahora al libro).

No me quiero extender mucho más en esta crítica, pero no puedo pasar por alto el último capítulo del libro, en la que el autor aborda la presunta obsolescencia de la tabla periódica por el descubrimiento de objetos físicos tales como los superátomos, los puntos cuánticos... El autor induce a confusión en su afán de identificar con átomos lo que no son más que cuerpos que presentan ciertas características de átomos. Un punto cuántico, por ejemplo, es un semiconductor que, entre otras muchas propiedades, tiene transiciones de energía discretas como las de los átomos. Pero eso no significa que sea un átomo, de la misma manera que un grillo-topo no es un topo, aunque se le parezca, y la simulación de una borrasca en un superordenador no es una borrasca de verdad. Este tipo de confusiones es el que llevó hace unos años a la prensa a afirmar que se había creado un mini-agujero negro en un laboratorio de China, cuando lo que realmente se había construido era un metamaterial con ciertas propiedades análogas a las de los agujeros negros. ¿Hay que incluir cualquier cosa que se comporte como un átomo en la tabla periódica? Desde luego que no. Como tampoco necesitamos un permiso de Aviación Civil para instalar un simulador de vuelo en nuestro ordenador.

En fin, que como libro de divulgación no puedo recomendarlo. Pero si te interesan más las anécdotas curiosas que la ciencia, éste es tu libro. Aunque quizá no deberías hacerme caso; debo de estar equivocado, porque incluso la Royal Society de Londres eligió este libro como el mejor libro de divulgación científica de 2010. ¿Por qué lo hizo? No tengo ni la menor idea. Si en todo un año éste fue el mejor libro de divulgación que pudieron encontrar, es para echarse a temblar por el estado de la divulgación científica en este planeta. O por el estado de la Royal Society.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Una lectora nada común (Alan Bennett).


Novela corta (poco más de 100 páginas) en la que se narra la súbita afición que adquiere la Reina de Inglaterra por la lectura y las consecuencias que ello tiene para ella, sus adláteres y su reinado.

No seré yo quien niegue a la lectura un poder transformador sobre las personas, incluso sobre alguien a quien le han inculcado desde pequeñita una manera hierática de actuar, el cumplimiento estricto del deber de una manera por otros diseñada. Pero yo creo que en esta novela, no sé si de manera pretendida por el autor, lo que realmente hace cambiar a la soberana es la adopción de una nueva afición de manera compulsiva. Tanto da si es la lectura, el cine o la natación. Porque no se muestra en el relato un cambio de postura de la reina hacia las ideas políticas, sociales, morales que todos presumimos en tal personaje, sino en su propia consideración, en el nacimiento de un cierto individualismo, incluso egoísmo, en la protagonista, que termina por relativizar su propia y mayestática figura hasta un final que no desvelaré, en función de su “adicción” a la lectura.

Es un relato escrito en tono amable, salvo con respecto a algunos escritores con quienes el autor aprovecha para ajustar cuentas, y su lectura es muy recomendable, pues está bien escrita, es ingeniosa y también es corta, lo que en los últimos tiempos nos cae más que bien. Alan Bennett, su autor, más acostumbrado a los guiones y a las obras de teatro, ha sabido condensar en pocas páginas una historia tan interesante como inusual.

martes, 19 de febrero de 2013

Casa de verano con piscina (Herman Koch).


Resulta que Casa de verano con piscina es la tercera obra de una trilogía de Herman Koch sobre la burguesía europea. La cena fue la segunda, y la primera, increíblemente, no se ha traducido ni publicado en España.

En esta novela, como parece ser que ocurre en las anteriores, se plantea al lector el dilema moral de posicionarse ante una situación límite cuyas alternativas son la venganza, el conformismo o, como mandan los cánones, acudir a la veleidosa justicia.

Es difícil hacer una recensión de la obra sin desentrañar sus claves ni anticipar su desenlace, por lo que no lo vamos a hacer. Sí diremos que trata de las relaciones humanas con sus miserias, que son muchas. Relaciones familiares, en las que muestra la difícil situación paterna frente a unas hijas respecto de las cuales el protagonista se resiste a que se hagan mayores; relaciones conyugales, con episodios de infidelidad gratuita; y relaciones extra familiares, muchas veces forzadas por las circunstancias de la vida y lejos de la amistad, sentimiento casi siempre ajeno a estos “conocimientos” incidentales que se forjan en la edad adulta. También, y quizás sin proponérselo, se pone en evidencia la dificultad de simultanear los papeles de víctima, juez y verdugo, especialmente el segundo de ellos, que requiere de una labor objetiva, meditada y más pausada de lo que la venganza exige. En este sentido, no puede evitar el autor adoptar la posición moral de la que intenta escapar y que plantea como desafío al lector; la sorprendente evolución del argumento le aboca a ello.

La novela está bien escrita y es muy recomendable. Cada una de sus 352 páginas merece la pena, y a pesar de esa extensión, que en muchas buenas obras se nos viene haciendo ya excesiva por lo innecesaria, el ritmo narrativo incita a una rápida lectura. El médico protagonista está muy bien definido, tanto que no genera ninguna simpatía en el lector, como tampoco la suscita la mayoría de los personajes que aparecen en ella, a los que sólo se puede tolerar desde el cinismo que impregna toda la novela y si no se entra en valoraciones sobre su personalidad, su forma de ser o de comportarse.

En fin, como la vida misma. 

domingo, 23 de diciembre de 2012

A cien millas de Manhattan (Guillermo Fesser).


El comentario a La noche del aguacero me ha hecho recordar que hace unos años, antes de que empezara a escribir este blog, leí A cien millas de Manhattan, de Guillermo Fesser, el otro 50% de Gomaespuma.

Al contrario del comentado en el anterior post, no se trata de un libro de ficción. A lo largo de sus 400 páginas, Fesser nos va explicando las tradiciones y los tópicos americanos que estamos acostumbrados a ver en las películas de Hollywood y sobre los que, en algunos casos, pasamos por encima sin preocuparnos por las razones de lo que vemos. Halloween, el vapor que sale de las alcantarillas de Nueva York, la recogida del sirope de arce, acción de gracias..., van desfilando capítulo a capítulo, contando sus orígenes, sus esencias y algunas anécdotas enriquecedoras.

Del mismo modo, aparecen glosados personajes atípicos y singulares, muy alejados del arquetipo que del americano medio nos venden las series y películas americanas, y nos relata el día a día de una familia normal, la suya, en un pueblo alejado de las típicas ciudades que conocemos al dedillo gracias al cine y las series americanas.

Es un libro muy agradable de leer, que no cae en ninguno de los dos esnobismos que suelen acompañar a los relatos de los expatriados: o todo lo de España es mejor o todo lo de España es peor. Consigue ver las cosas con los ojos de un recién llegado, pero de una manera ciertamente objetiva, sin enjuiciar lo de allá por lo que tenemos acá, ni valorar lo de acá por lo que tienen allá.

Un libro muy recomendable, pues aborda temas que es difícil encontrar explicados en otros lugares, y que da ganas de tomarse un año sabático (¡quién pudiera!) para conocer de primera mano todos esos paisajes y paisanajes que con tanto apego rememora Guillermo Fesser.

viernes, 21 de diciembre de 2012

La noche del aguacero (Juan Luis Cano).


Hay personas a las que uno está dispuesto a perdonar todo por el cariño que les tiene, y aunque cometan el peor desatino, nos buscamos las vueltas para encontrar un motivo de felicitación. No es el caso de Juan Luis Cano con respecto a esta novela, al menos en lo que a los desatinos se refiere.

Confieso que comencé la lectura de La noche del aguacero por los buenos ratos que pasé con su autor escuchando Gomaespuma. Momentos inolvidables, como aquella madrugada que, de vuelta a casa, el taxista y yo nos partíamos de risa al unísono escuchando las tribulaciones de una operadora que enviaba un taxi a la calle Benito Bercimuelle. Y confieso también que no daba un duro por ella.

Y confieso que me equivoqué. Porque tras la lectura de los primeros capítulos de La noche del aguacero se borra de un plumazo la sospecha que siempre acompaña a los libros publicados por famosos.

La novela está escrita con soltura y narra las desventuras de un grupo de personajes que trabaja en un decadente tablao flamenco de Madrid, que sobrevive gracias a los turistas japoneses que lo tienen incluido en su viaje organizado por la capital de España. Gracias a ella nos adentramos en un mundillo que, pese a los tópicos hispanos, no suele asomarse hoy en día a nuestra literatura. Está claro que la ambientación de la obra se debe a la pasión que Juan Luis Cano tiene por el flamenco, algo que siempre me llamó la atención, pues es una afición más que rara entre la gente de nuestra generación, al menos de los capitalinos.

La historia es original, sobre todo, repito, por el contexto en el que se desarrolla; es divertida, amena y creíble. Los personajes están bien trazados y su comportamiento se corresponde con su lugar en la historia. Y ello se agradece, pues nos aleja de muchos tópicos de las novelas contemporáneas, pobladas de personajes pretendidamente arquetípicos y que acaban por mostrar comportamientos insólitos. Aquí todos se comportan como deben y por eso la historia fluye como es debido, lo que no significa que no haya alguna sorpresa por el camino.

Es una historia amable y termina más o menos bien para todos. A ello va dirigido todo el desarrollo de la novela, a pesar de lo cual, todos y cada uno de los personajes tienen una pátina de perdedores imposible de eliminar. Un grupo de supervivientes en un mundo hostil, reflejo esperpéntico y fiel de la sociedad que nos ha tocado vivir.

Veo ahora a Juan Luis Cano en un programa de debate político de La Sexta. Sus comentarios y posicionamientos no hacen sino agrandar su figura en un país y un tiempo necesitado de personajes coherentes.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Historia del silencio (Pedro Zarraluki).


“Este libro trata de cómo no llegó a escribirse otro libro que debería haberse titulado La historia del silencio”. Así comienza esta novela Pedro Zarraluki, y con este punto de partida, y con el silencio como excusa, construye un relato que mereció en 1994 ex aequo el Premio Herralde de Novela.

Es un libro escrito por alguien que sabe su oficio, y que puede con muy pocos mimbres hacer un buen cesto. Zarraluki maneja bien el lenguaje, sabe escribir y demuestra que con una pequeña idea es capaz de construir una historia interesante.

El silencio, como se dice al principio, es el eje sobre el que gira la narración. Se empieza tratando de aprehender el silencio como fenómeno físico, y se termina por desembocar en los silencios, los secretos, lo que no se dice a los otros.

La historia se cuenta en primera persona, y se articula alrededor del protagonista, su mujer y su grupo de amigos. Todo perfectamente hilado, salvo lo referente a las relaciones entre los dos sexos, que parecen sacadas de una comedieta catalana de serie B y que desmerecen mucho del resto de la obra. No era necesario introducir esas situaciones absurdas y fantasiosas, más propias de ese cine para consumo adolescente que de novelas dirigidas a un público más formado y serio.

Este pequeño pero, sin embargo, no invalida la buena consideración que nos merece su autor y el buen poso que nos ha dejado su lectura.

lunes, 22 de octubre de 2012

El talón de hierro (Jack London).


El talón de hierro debería ser lectura obligada en todos los colegios del mundo. Y no sólo por sus méritos literarios, que son muchos como debe corresponder a cualquier obra de Jack London, sino por lo que en ella enseña. Se trata de una distopía, ucronía o novela de anticipación social, en la que el autor da cuenta del control de la economía, la política, la información, el derecho, la justicia y la sociedad entera por la Plutocracia, que instaura un régimen despótico y totalitario (el talón de hierro) que relega a los ciudadanos a la esclavitud y desesperanza más absolutas.

El talón de hierro fue publicada en 1908, pero pudo haber visto la luz por primera vez ayer mismo, tal es su actualidad. Esboza en trazos simples los fallos del capitalismo, la acumulación de la riqueza en muy pocas manos, el control de todas las esferas de poder por los grandes grupos económicos, la expulsión de la economía de los pequeños actores, y la reducción de los trabajadores a un medio más de producción, a una herramienta con la que obtener riqueza para esas castas superiores que eliminan de ellos cualquier distintivo de humanidad. La obra ha sido siempre considerada como una premonición de los fascismos de la Europa de entreguerras. En realidad, y con nuestra perspectiva histórica, podemos afirmar que llega mucho más lejos, pues no es muy distinto lo que en ella se esboza a lo que estamos viviendo en la actualidad. El ritmo de degradación que está sufriendo la carta de derechos humanos, económicos y sociales en las democracias occidentales, nos lleva a pensar que el futuro de despotismo, revoluciones y matanzas que dibuja London en su obra no está tan lejos.

Cierto es que en los países occidentales aún tenemos algunas garantías jurídicas que nos protegen de las arbitrariedades y abusos de las oligarquías económicas, pero no hay más que echar un vistazo a los periódicos (ya en sus manos al 90%) para comprobar que las mismas son duramente combatidas por las castas económicas y políticas que en su nombre actúan, y que cada vez son más los derechos y libertades de los trabajadores y de los ciudadanos en general que se borran de un plumazo en el único beneficio de la plutocracia, una palabra hoy olvidada pero que merece su recuperación visto lo que está ocurriendo en España y en el mundo.

El título original de la obra es The iron heel, y pensamos que la acepción de tacón, más que la de talón, es la debiera haber correspondido a la traducción del título de la obra, pues muestra más descriptivamente la opresión, masacre y aniquilamiento que ejerce la plutocracia sobre los ciudadanos de esa América de pesadilla proféticamente vislumbrada por Jack London a principios del siglo pasado.

De lectura y difusión obligadas antes de que sea demasiado tarde. Yo, por mi parte, dejo este enlace donde descargarla: http://bit.ly/T6waTi (password: talon), y me ofrezco a enviar el archivo bajo petición.

jueves, 23 de agosto de 2012

Antología del otro lado (Fernando Sánchez Fernández).


Antología del otro lado, se dice en la contraportada del libro, es una creación personal de Fernando Sánchez Fernández. Y desde luego que lo es. No es una novela, no son cuentos, no es un ensayo. Se trata más bien de la puesta en papel de las reflexiones del autor a modo de un diario no datado ni cronológico y más o menos íntimo. En él plasma sus personales impresiones sobre determinados lugares de Cuenca, sobre algunas personas que allí ha conocido y sobre ciertas cosas que le han sucedido. Y lo hace con los ojos de un recién llegado, pues esta obra es fruto del traslado de residencia desde su Madrid natal a esa ciudad manchega por mor de las veleidades de los destinos laborales. Apenas he ido a Cuenca tres o cuatro veces y, ciertamente, no sabría identificar prácticamente ninguno de los sitios que menciona, por lo que desconozco también si su relevancia se basa en términos artísticos o monumentales o, por el contrario, en las vivencias personales del autor en tales lugares.

Por algunos de ellos Fernando Sánchez corre, pues el autor (tan atleta como atlético) es gran aficionado a las carreras populares, e, intuyo, que muchas de sus cavilaciones nacen en esas largas horas dedicadas al trote por el empedrado, adoquinado o asfaltado suelo conquense. Doble mérito tiene la cosa, pues consigue repartir la sangre oxigenada entre los músculos y el cerebro con igual eficiencia. Cómo si no justificar hallazgos narrativos como el que emplea para describir la calle de San Francisco (y aquí encontramos al Fernando más genuino): “es un hervidero humano cuando hay gente. Cuando no hay nadie, está vacía”, hallazgos sólo comparables con la fina observación de Les Luthiers: “de cada diez personas que ven la televisión, cinco son el cincuenta por ciento”.

Ésta que comentamos es su primera obra publicada, aunque Fernando Sánchez no es, ni mucho menos, un autor novel. Es más, no nos equivocaríamos al decir que fue, incluso, un autor precoz, tanto que con apenas la edad a la que a un niño se le permite coger un bolígrafo, escribió un excelente, y no sabemos por qué no recuperado para su publicación, poemario infantil ilustrado, en uno de los cuales, recuerdo, narraba las aventuras playeras de un gato y un ratón  (“… corre, corre que te pillo; el ratón con la pala y el gato con el rastrillo”).

De Antología del otro lado habrán disfrutado más quienes hayan conocido previamente su contenido por haber sido protagonistas de él o por haberlo escuchado con mayores adornos de viva voz del autor. Se nos antoja que así habrá tenido que ser, pues, para quien no lo conozca, Fernando Sánchez viene de una saga de relatores orales sin parangón, o con un parangón que yo no conozco, cuya figura cumbre fue su propio padre, mencionado alguna vez en la obra, excelso creador de universos paralelos cotidianos por los que aún discurren, pues continuamos evocándolos, personajes y situaciones del todo irrepetibles.

Por eso acogemos esta obra con ilusión. Porque esperamos que sea el detonante de la publicación de las muchas historias que seguro que le rondan al autor por la cabeza para que no se acaben así perdiendo con el último de sus afortunados oyentes.

viernes, 17 de agosto de 2012

España, perdiste (Hernán Casciari).


Aparece este autor por segunda vez en este blog, gracias sin duda al buen poso que dejó en quien esto escribe su novela El pibe que arruinaba las fotos.

Anteriormente a ella, escribió este España, perdiste.

Afortunadamente en mis lecturas no sigo orden alguno, pues de haber utilizado el correspondiente a la fecha de publicación de ambas obras, seguramente me habría perdido las correrías de aquel poco fotogénico pibe, pues no invita precisamente ésta que ahora comentamos a profundizar en la literatura de Casciari.

España, perdiste es una especie de ensayo en el que se suceden todos los manidos tópicos sobre los argentinos en España. Yo, que he conocido a varios y de distintos pelajes, puedo asegurar que son todos tan falsos como el concepto folclórico que de los españoles se pueda tener en el extranjero y olé. No voy aquí a relatarlos y contradecirlos pues el tema es ya viejo y cansino, tanto hoy como en 2007 cuando esta obra vio la luz (¡y parece más vieja!). Quizás, y lo pienso ahora, sea una lectura dirigida únicamente al público argentino, para regodearle en esa pretendida esencia pampera o porteña, qué sé yo, que seguro que a algunos les llena (les copa, dirían Les Luthiers) de orgushshsho patrio (y es que también en Argentina hay gente pa tó).

Únicamente se salvan en esta obrita los recuerdos siempre melancólicos a su Argentina natal. En estas evocaciones Casciari es un maestro y consigue que el lector, aunque nunca haya pisado suelo argentino, empatice con su nostalgia, con ese país sudamericano y hasta con sus habitantes y costumbres.

En resumen, lectura prescindible (aunque afortunadamente corta). Lo malo es que tras ella nos queda la duda de qué hacer si otra novela de Casciari cae en nuestras manos, ¿arriesgarnos a perder el tiempo con ella? Seguramente, y en honor al Gordo Casciari, le daríamos una última oportunidad.

(Por cierto, ¿es correcta la coma entre España y perdiste?).

viernes, 20 de julio de 2012

El invierno de Frankie Machine (Don Winslow).

Vaya por delante una confesión: Nunca he logrado entender, ni mucho menos compartir, la fascinación que la mayor parte de mis congéneres sienten por el sórdido mundo de la mafia. Quizá sea ésta una de las razones por las que la lectura de una novela de mafiosos como El invierno de Frankie Machine me ha dejado frío. Pero yo creo sinceramente no es la única.

La novela comienza con la presentación del protagonista. Nada que objetar, salvo que se toma para esto sesenta interminables páginas en las que no pasa absolutamente nada. Aunque ya sabemos por la contraportada del libro que se trata de un asesino mafioso retirado, nada se dice de esto en esas primeras páginas, y el autor nos presenta al tipo como un hombre educado, culto, trabajador, preocupado por los demás... en resumen, todo lo necesario para que nos caiga simpático. Y, siguiendo al pie de la letra el manual del perfecto best-seller, aprovecha para sembrar unos cuantos detalles que utilizará al final para hacer evidente lo que ya de por sí resulta obvio.

Por fin, hacia la página sesenta, algo ocurre. Pero el autor interrumpe enseguida la acción con el primero de una larga serie de flashbacks en los que nos va desvelando, en un arbitrario (pero calculado) desorden, la vida pasada del protagonista. En estos episodios iremos conociendo a toda la panoplia de los estereotipos mafiosos, con el único objetivo de multiplicar los sospechosos.

Hablando de estereotipos, el protagonista se lleva la palma: Es un asesino infalible, invulnerable, prácticamente omnisciente, y que encima no ha perdido ni un ápice de sus habilidades después de años de retiro. Mientras que sus oponentes son todos unos niñatos torpes y, por supuesto, cuando van a por él, le atacan de uno en uno para que pueda defenderse.

Muchos de los episodios rememorados por el protagonista son completamente irrelevantes para el desarrollo de la trama, y me temo están ahí sólo por dos razones: para confundir al lector y para aumentar el número de páginas. Porque estamos ante un nuevo caso de la actual pandemia de bulimia literaria que tanto daño está haciendo a la literatura (y a nuestros anaqueles). ¡Una novela negra de más de cuatrocientas páginas! Por si esto fuera poco, el autor da por supuesto que el lector está familiarizado con el anecdotario de la historia de la mafia estadounidense; yo no lo estoy, y confieso que me he perdido en varias ocasiones entre alusiones a personajillos reales y citas de El padrino (que tampoco he leído, ni visto... ¡me da una pereza!). Y la traducción tampoco ayuda.

Entre flashback y flashback, con los que el autor consigue romper -supongo que involuntariamente- cualquier atisbo de ritmo en la narración, el protagonista va dando palos de ciego a lo largo de toda la novela, cargándose mafiosos a diestro y siniestro, (¡sólo mafiosos, por favor, que el hombre tiene su corazoncito!) hasta que el autor se decide a mostrarnos las cartas que se había guardado en la manga. Y nos obsequia con un final blando y completamente predecible, no sin antes largarnos el consabido tópico mafioso de "otros roban más que nosotros", enriquecido en este caso con un alucinante "los políticos han corrompido a los mafiosos".

En resumen, que me ha parecido una novela tramposa y soberanamente aburrida.

lunes, 2 de abril de 2012

Un incendio invisible (Sara Mesa).


Un incendio invisible narra la llegada a Vado, una ciudad en los últimos días, meses o años de su imparable decadencia, del doctor Tejada, quien, huyendo de un pasado que se esconde al lector hasta las últimas páginas, ha venido a hacerse cargo de la dirección de una residencia de ancianos.

La personalidad del médico no es muy edificante. Se trata de un hombre con poco amor al trabajo que pone en riesgo el funcionamiento, ya muy deteriorado, del asilo que tiene que gestionar. Por si esto fuera poco, en determinado momento, se nos revela (o insinúa) también como pederasta. Su transitar por la novela es el reflejo de una continua dejación de las obligaciones que le corresponden y una puesta en evidencia de su incompetencia, indolencia y banalidad, espejo fiel de todo aquello en lo que se ha convertido una ciudad que no es sino ruina de un pasado deslumbrante. Su caracterización tiene un punto memorable cuando declara: "No me gusta comentar. No he comentado nunca nada con nadie, ni siquiera cuando era chico, ni siquiera a mi padre. Me vine aquí para no comentar nada, para no tener que comentar nada, para que nadie me pida que comente nada ni espere mis comentarios a nada. ¿Comentar para qué? ¿Para estar de acuerdo en todo? No me interesa, jefe, con todos mis respetos".

La novela está bien construida, es entretenida y no se prolonga artificialmente de manera innecesaria, como es habitual en cierta literatura contemporánea. No obstante, encontramos algo reiterativa la continua apelación al calor que castiga la ciudad, y hubiéramos deseado una mayor indagación en las causas y el proceso de su abandono, aunque quizás eso hubiera dado lugar a una novela diferente, más centrada en el secundario investigador Benmoussa que en el médico abúlico que la protagoniza (reconozco que esa idea fue lo que me llevó a comenzar esta lectura y que, durante las primeras páginas, me decepcionó no encontrar respuesta a mi curiosidad).

La obra fue agraciada el pasado año con el premio Málaga de Novela, dato que no dice más que seguramente fue la mejor novela de las presentadas, lo que, por otro lado, tampoco estará nada mal.

viernes, 2 de marzo de 2012

La fórmula preferida del profesor (Yoko Ogawa).

Este libro llega precedido de un gran éxito en Japón, con más de dos millones de elemplares vendidos, lo que no está mal incluso para un país de 120 millones de habitantes. Está publicada por la Editorial Funambulista en el mismo formato y estilo que otra de las obras comentadas aquí, Adiós, camaradas, que nos gustó mucho y, para qué negarlo, fue la principal razón por la que iniciamos la lectura de ésta que ahora comentamos.
Cuenta la historia la relación de una asistenta y su hijo con un genio de las matemáticas cuya memoria, por culpa de un accidente, sólo dura 80 minutos.
La novela está escrita de manera sencilla, lo que es de agradecer, se lee fácilmente y, a decir verdad, con el agrado de las historias que acaban como corresponde, aun cuando sea en una desdicha. Lo importante es el relato y no lo que se cuenta o su conclusión.
Pero la verdad, es que uno está ya un poco escamado con este tipo de historias sobre personajes raros. Creo que ya lo he dicho en otra ocasión: me parece que la articulación de la narración en torno a ellos hace que este tipo de novelas sean intrínsecamente tramposas (afirmación con la que no pretendo prejuzgar la calidad literaria).
El señor de los anillos, Los pitufos, Bob Esponja Pantalonescuadrados…, son universos fantasiosos en los que no se engaña al lector: el autor pone las reglas y las desarrolla o las cambia a su antojo. Pero este tipo de obras, en las que se mete con calzador en nuestro mundo un submundo a la medida del autor, en el que cuando conviene se apela a la racionalidad ordinaria, y cuando no, se escuda uno en la extraordinaria rareza de los personajes que en ella concurren, no acaban de convencerme (siempre se realza lo extraordinario del personaje, pero pocas veces se incide en la dificultad de su día a día, o del día a día de quienes le rodean -véase también lo dicho en la crítica de El curioso incidente del perro a medianoche). Y digo esto aun cuando en el postfacio con el que se cierra la novela, obra de un matemático español y quizás las páginas más pomposamente escritas de la literatura contemporánea, se haga referencia a genios científicos, que sé que los ha habido, con taras (en el buen sentido de la palabra) como la que padece el protagonista.
Por otro lado, la utilización por la autora de lo que podríamos denominar "malabares matemáticos" como una de las coartadas de las distintas situaciones que plantea en la narración, es sin duda efectista para el, como yo, profano en esta ciencia, pero, suponemos, quizás más que superficial para el docto en ella.
Además, y a lo mejor me equivoco, creo que la traducción al castellano de obras escritas en un idioma tan distinto como el japonés, tiene, por fuerza, que dejar mucho en el camino. Aquí creo que estoy leyendo al traductor más que al escritor original, y si malas experiencias se sufren con idiomas más cercanos como el francés, o incluso en inglés, no digamos ya lo que puede suceder con estos otros. Porque si bien tiene pasajes hermosos, no me parece que podamos calificar la obra como pretende la editorial, como un "larguísimo haikú", si es que la traducción es fiel al original nipón (salvo que esa afirmación no sea más que un deleznable truco publicitario).
En cualquier caso, lo reconozco, leerla puede ser una experiencia entretenida, aunque a mí me llama la atención la facilidad con la que la asistenta, con todos mis respetos, comprende tan fácilmente las disertaciones matemáticas del profesor, y lo bien que el niño acepta también esa extraña relación. Pero bueno, todo puede ser.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Baricentro (César Fernández).


“Las ingles y la cabeza; relación si la hubiera”. Ésta era una de las cuestiones que sobre el tema general de las ingles ponía de examen a sus alumnos el maestro de escuela de la película de José Luis Cuerda Amanece, que no es poco. Pues bien, parafraseando al genial profesor, César Fernández ha acometido en Baricentro semejante ejercicio: “geometría y virginidad; relación si la hubiere”. Titánico esfuerzo que presupone en el autor el conocimiento por igual de materias tan aparentemente distantes como la geometría y la virginidad, y, tras ello, la capacidad de encontrar entre ambas un área común a modo de lo que sucede con los conjuntos secantes.
Respecto de la geometría, el autor es ingeniero de caminos de profesión, por lo que consideramos académicamente acreditado el conocimiento de esta disciplina matemática. En cuanto a la virginidad, no forma parte de momento del currículo de nuestras Universidades esta área del conocimiento, por lo que debemos limitarnos a suponer que, si ha sido capaz de escribir algo más de cien páginas al respecto, alguna experiencia debe tener, aun cuando la virginidad que aquí se glosa sea la femenina, la única que en puridad merece tal nombre.
La novela está estructurada en torno a las reflexiones de cuatro personajes: un geómetra y tres de sus alumnas, vírgenes todas ellas. Él, un jeta, para entendernos desde ya, trata de justificar con argumentos geométricos (dada nuestra escasa formación en el tema no sabemos hasta qué punto cogidos por los pelos) su devoción por las vírgenes en general, y por esas tres en particular a las que pretende llevarse al catre (no desvelaremos si lo consigue o no) y construir con ellas su particular paraboloide hiperbólico (figura que no es sino una silla de montar –qué bien traído- y que no he llegado a comprender cómo, pero que parece que se hace partiendo de cuatro puntos –los cuatro protagonistas- situados en distintos planos). Con ello, dice, podrá disfrutar de las tres muchachas de manera plena, “de ese número tres que para los pitagóricos era el número perfecto por tener principio, medio y fin”. Porque el amor, sigue justificándose el profesor, es trino, como los es Dios, que, a su vez, es amor.
En fin, dejando atrás la erudición no sólo matemática que envuelve la obra, reconocemos en el geómetra a un devoto del cortejo que no duda en desviar el virtuoso río de la geometría para hacerlo desembocar en un mar por fuerza menos casto. Y, pese a que poca simpatía despierta en el lector, sí que éste es capaz de empatizar con él, pues estrategias, si no tan doctas sí igualmente peregrinas, seguro que ha utilizado para tratar de embaucar a alguna señorita con idéntico propósito, habiendo dependido su éxito o su fracaso, no ya –reconozcámoslo- de la eficacia de su discurso, sino de cuestiones tan poco geométricas como la hora de la madrugada, la ligereza de cascos de la destinataria de sus requiebros y, sobre todo, de una científicamente acreditada menor capacidad de asimilación del alcohol por parte del sexo débil.
La novela, tal vez ensayo novelado, a pesar de sus continuas referencias científicas, se lee bien, y llega a captar el interés del lector por ver el resultado de las astucias del profesor y por tratar de desentrañar las cavilaciones, a veces delirantes, de las tres vírgenes. Tanto es así, que se echa de menos algún que otro capítulo que termine de acrisolar los dislates de uno y los desvaríos de las otras tres.
La enunciación de las preguntas del examen por el maestro de Amanece, que no es poco con la que comenzábamos esta crítica, era inmediatamente contestada por uno de los invasores del pueblo presentes en el aula con un bofetón. No es merecedor de esta dudosa recompensa César Fernández, pese a haberla recibido de una industria editorial que no ha sabido apreciar en Baricentro la lírica que contiene ni encontrar un hueco para él entre los más de 100.000 libros que se editaron en España el pasado año, lo que le ha obligado a una autoedición forzada. Aunque, tal vez, y habida cuenta de muchas de las obras que se cuelan entre ellos, pueda hacerse un acertado paralelismo entre los patanes que invaden el pueblo del maestro y los encargados de decidir qué escritos acaban en la imprenta y cuáles son rechazados.

Αποστολή εξετελέσθη.

viernes, 27 de enero de 2012

Cuentos completos (Robert Louis Stevenson).

Algunos de los mejores relatos de la historia de la literatura están contenidos en este libro, y creo que con ello no queda mucho más que decir.
El diablo de la botella, El ladrón de cadáveres, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, no pueden faltar en una recopilación de la historia de la literatura breve. Pero éstas, sin duda insuperables e insustituibles, son sólo las más conocidas, porque la manera magistral de escribir de Stevenson, a quien no he leído en inglés aunque me propongo intentarlo en breve, hace que la lectura de los demás relatos sea una auténtica delicia, como los ambientados en los Mares del Sur, sobresalientes en estilo y contenido.
Además de todos ellos, y por estar en el mismo nivel máximo de excelencia, recomiendo muy especialmente el que cierra el libro, Las desventuras de John Nicholson, que transcurre en Edimburgo, ciudad natal del autor, y que es buen ejemplo de lo acertado de la frase de Chesterton reproducida en la contraportada de esta edición: “siempre escogía la palabra correcta, como los buenos jugadores”. Como se dice de algunos partidos de fútbol, es una lectura de las que crean afición (por la buena literatura, claro).
Por último, unas palabras para elogiar al traductor (Miguel Temprano García), pues ha mejorado con mucho lo que se había “perpetrado” en ediciones previas de estos cuentos. Así, lo que fue “Janet, la torcida”, ha sido correctamente traducido por Janet la contrahecha, o la delirante traducción “Los hombres del mundo alegre” por Los juerguistas. Creo que con ello podemos asegurar que el contenido de los relatos también será más de fiar que en anteriores ediciones.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Por qué somos como somos (Eduardo Punset)

Dice Punset en su libro Por qué somos como somos que "en los patos Mallard [...] es habitual que varios machos acorralen a una hembra hasta debilitarla y después se turnen para copular con ella." "Patos Mallard"; así, con mayúscula y en aposición. Evidentemente, no hay ninguna especie de pato con ese nombre en castellano, porque no es así como se forman los nombres comunes en nuestro idioma. Pueden formarse con dos sustantivos en aposición, sí, pero en minúsculas, como el pato arlequín. Pueden formarse con un nombre y un adjetivo, como el pato colorado. Y pueden formarse con la preposición "de" seguida de un nombre común (pato de jungla) o propio (pato de Hartlaub). Pero "pato Mallard" no se encuentra en ninguno de esos casos. Ni se encuentra en la lista de Nombres en castellano de las aves del mundo recomendados por la Sociedad Española de Ornitología publicada por la revista Ardeola.
La única situación en la que en castellano se colocan un nombre común (con minúscula) y un nombre propio (con mayúscula) en aposición es al referirse a un individuo por su nombre (propio), como "pato Donald", "pato Lucas"... Pero tampoco parece que sea este el caso.
Entonces, ¿a qué se refiere Punset? No existe en toda la lista publicada por la SEO ni un "pato Mallard", ni un "pato de Mallard", ni un "pato mallard". Pero si uno se molesta en consultar un diccionario de inglés, descubre que el mallard (en minúscula) es ni más ni menos que el ánade real o azulón (Anas platyrhynchos), el más conocido de todos los patos.
Un simple error de traducción, dirán algunos. Como si un error de traducción fuera siempre leve y disculpable. Pasando por alto el hecho de que se trata de un libro escrito originalmente en castellano, es mucho más que un error de traducción. Es muy grave, porque se encuentra en un libro de divulgación, y su lectura induce en el lector al menos cuatro ideas:
1) Existe una especie de pato llamada "pato Mallard".
2) Este pato, del que nunca he oído hablar, debe de ser una especie rara que habite en alguna región exótica.
3) Si Punset ha tenido que recurrir a esa especie para hablar de comportamientos sexuales agresivos, debe ser porque en las especies más conocidas ese comportamiento no se da.
4) Si veo varios patos peleando y persiguiéndose en el parque de mi pueblo, será por otra razón, el comportamiento sexual agresivo es específico del "pato Mallard".
Pero esas cuatro ideas son falsas. El ánade real es un pato muy común y extendido, que habita en las zonas templadas de Norteamérica, Europa y Asia, y también está presente en Centroamérica y el Caribe. De hecho, el pato doméstico es una subespecie de ánade real. Este verano yo mismo he sido testigo del comportamiento que describe Punset en un parque de Alcobendas, en los alrededores de Madrid. Un seguidor de Punset habría pensado que no podía ser eso lo que estaba viendo.
El lenguaje como medio de comunicación sólo puede funcionar si el emisor y el receptor utilizan el mismo código. Esto es más importante si cabe en la ciencia, y por extensión en la divulgación científica, donde es necesario comunicar con precisión y exactitud las ideas. Por eso los biólogos utilizan desde hace siglos la nomenclatura binomial de Linneo, los llamados nombres científicos, para referirse a los seres vivos. Si al menos Punset hubiera especificado el nombre científico de su "pato Mallard", se podría disculpar el error, pero ni eso.
De todas maneras, dejando de lado el asunto de los patos, el libro, como libro de divulgación científica, deja mucho que desear. No pasa de ser una amalgama de las entrevistas realizadas en su programa de televisión Redes. Y contiene bastantes afirmaciones cuando menos discutibles. Por ejemplo, insinúa que los colores verde, azul, rojo... son construcciones mentales modernas, porque en la Edad Media existía el término sinopia, que se podía referir tanto al rojo como al verde, y el azul era sólo una variante del negro para los griegos y los celtas, entre otros ejemplos. Como si las palabras rojo y verde no vinieran del latín (russus y viridis, respectivamente), o como si el hecho de tener una palabra genérica o polisémica impidiera al hablante distinguir entre los distintos referentes o significados: que exista la palabra "fruta" no significa que no seamos capaces de distinguir una manzana de una pera, de la misma manera que cualquier hispanohablante sabe distinguir entre una piña de pino y una piña tropical. Además, dicho sea de paso, la sinopia es un pigmento de óxidos de hierro que se emplea en la pintura mural, de color variable, desde el ocre amarillento al negro, pasando por el ocre rojizo.
También afirma que "en cuestión de 10 ó 20 años el sexo y la reproducción estarán completamente separados", cosa que, si utiliza los términos "sexo" y "reproducción" en el sentido en que cualquier persona normal los entiende, no se cree ni él; y que "el mundo, tal y como lo conocemos, no existiría sin la memoria", una frase más propia de un libro de filosofía solipsista que de uno de divulgación científica. Intentaré acordarme, no quiero provocar la destrucción del Universo por un simple olvido. Como si al Universo le importaran lo más mínimo unos pocos miles de millones de homínidos en un pequeño planeta de una pequeña galaxia. En esa misma línea, convierte al escritor Marcel Proust en filósofo, supongo que para dar más valor y trascendencia a la interpretación que hace de su famosa magdalena.
En resumen, que no sé si he leído un ensayo filosófico salpicado de datos científicos, o un libro de divulgación científica empapado de opiniones filosóficas. Sólo se lo puedo recomendar a los seguidores incondicionales de Punset.

sábado, 9 de julio de 2011

Adiós, camaradas (Antonio Carballo).

Adiós, camaradas ganó en 2006 el Premio de Primera Novela Mario Lacruz, y el triunfo fue más que merecido, pues estamos ante una muy buena obra literaria. (¡Otra primera novela que recomendamos en este blog!).

Narra la vida de Alexei Konstantinovich, quien viene a nacer el mismo día en que su país pone en órbita el Sputnik-1, el primer satélite artificial de la historia, y claro eso le marca de tal manera que su objetivo, cumplido como verá el lector, es convertirse en cosmonauta. Otra cosa es que tenga la mala suerte de conseguirlo al borde mismo del desmoronamiento de la Unión Soviética, lo que tendrá para él unas consecuencias que no vamos a adelantar.

Antonio Carballo es cubano y, quizás por eso, es capaz de reflejar y analizar con fina ironía, cuando no con sarcasmo, el régimen comunista de la antigua URSS, superando las reticencias del lector ante tal desfase geográfico.

Carballo utiliza la carrera espacial como una excusa para desmontar el régimen soviético, en una parábola aplicable a cualquier sistema totalitario. Uno que ha vivido escasamente el franquismo, ve indudables guiños reconocibles en el régimen instaurado por quien se proclamó Vigía de Occidente. Y es que los totalitarismos, aun de signo distinto, por fuerza comparten estrategias y modismos.

La narración es muy ágil, llena de anécdotas, seguro que muchas de ellas fruto de la fantasía del autor, aunque quién sabe si no serán todas ciertas. Incluso la aparición de las guillotinadas en la ciudad cerrada en la que Alexei recibe su formación.

En resumen, una novela recomendable que merece la pena ser leída, por su frescura, su original linea argumental, su trasfondo político y su fino sentido del humor.

sábado, 2 de julio de 2011

La verdad sobre el caso Savolta (Eduardo Mendoza).

La verdad sobre el caso Savolta era uno de los pocos, si no el único, título de literatura contemporánea española que se citaba en mis libros de bachillerato. Desde entonces había tenido la curiosidad de leerlo, además de por su título, que me parece enormemente sugestivo.

Pues bien, no cabe duda de que los redactores de mi libro de literatura acertaron de pleno con su inclusión, pues La verdad sobre el caso Savolta puede ya calificarse sin temor a error como una obra clásica de la literatura española, una novela excelente desde todos los puntos de vista.

El relato está muy bien estructurado, su argumento es muy interesante, los personajes bien caracterizados, la ambientación fidedigna, la prosa excelente, y la resolución del caso Savolta, pues de una novela de trasfondo policiaco se trata, brillante.

Como sabrá el lector fiel a este blog, mi lectura de La verdad sobre el caso Savolta, ha sido posterior a la de Riña de gatos, lo que me ha permitido comprobar la extraordinaria vigencia de aquélla. No se aprecia el menor indicio del paso del tiempo, y si ignorante de su fecha de publicación (1975), me hubieran dicho que La verdad sobre el caso Savolta era el último libro de Mendoza, lo habría creído sin dudarlo. Pero no. Se trata de su primera obra y, con todo merecimiento, tuvo un éxito considerable desde el mismo momento de su aparición (de donde se deduce que el éxito no tiene porqué ser enemigo natural de la calidad literaria, como algunos tratan de hacernos creer).

A mí, digo, me ha merecido la pena el haber pospuesto esta lectura, pues sin duda he sabido apreciarla mejor que de haberla acometido en una fecha más cercana a su publicación. Pero no espere más el lector de este post si es que no la ha leído ya. Arrincone alguna de las dudosas novedades que las editoriales tratan de vendernos (¡horror, John Verdon, el autor de Sé lo que estás pensando, ha vuelto a publicar!) y déjese arrastrar de la mano de la prosa ágil de Eduardo Mendoza por el sórdido y violento ambiente barcelonés de entreguerras.

miércoles, 22 de junio de 2011

La soledad de los números primos (Paolo Giordano).

El azar ha ordenado algunos números primos -que se dividen sólo por 1 y por sí mismos- en parejas que se aproximan sin llegar a tocarse: 11 y 13, 17 y 19, 29 y 31, 41 y 43... Ésta es la esencia de la novela del debutante Paolo Giordano. Narra la vida de dos personas desde su infancia hasta determinado momento de su madurez en que se les hace ya evidente su condición de números primos que se aproximan pero no pueden tocarse.

Es la soledad el hilo conductor del libro, y su prosa descarnada puede inducirnos a pensar que también habla de nosotros mismos. Pero no podemos ser tan egocéntricos. Si bien es cierto que todos llevamos a cuestas nuestras pequeñas soledades, la que aquí refleja es la derivada de la especial condición personal de los dos protagonistas, una anoréxica y un cuasi autista, y por ello imposible de trasladar al común de los mortales (aunque algunos gusten de verse reflejados en situaciones extremas). Tanto es así, que en muchos de los pasajes que marcan pequeños hitos en la narración, y que permiten vislumbrar para los personajes una esperanza de redención, anhelamos que Mattia y Alice tomen el camino correcto y dejen de lado sus incontenibles afanes autodestructivos.

Pero no es así. Marcados desde la infancia por no pequeñas tragedias personales, ahondadas y multiplicadas por crueles episodios de su infancia y adolescencia, ambos caminan, con pocos rodeos, hacia la soledad con mayúsculas. Y en este punto puede verse una más que correcta evolución de la obra, pues si en algún momento el lector puede pensar que el autor va a regodearse con los pequeños/grandes dramas de la infancia, reveladores de la incapacidad de los niños en manejar sus pequeños universos y de la imposibilidad de los mayores en comprenderlos, enseguida retoma el hilo conductor para continuar la trayectoria vital de los dos protagonistas.

Podría pensarse en que la caracterización límite de Mattia y Alice facilita el desarrollo de la obra, claro que sí. Pero creo que no ocultar su personal psicología da verosimilitud al relato, lo contrario que suele suceder cuando quieren presentarse al lector reacciones incomprensibles de personajes pretendidamente “normales”.

Hablábamos en el artículo anterior de otro debut literario, la sobrevalorada El tiempo entre costuras. Las diferencias entre ambas obras son evidentes. Frente a María Dueñas, Paolo Giordano ha tomado el camino de la literatura. Y ello, claro está, refleja y requiere de un mayor talento.

Recomendamos, pues, la lectura de esta obra, en la seguridad de que no dejará al lector indiferente. Vale la pena.

martes, 7 de junio de 2011

El tiempo entre costuras (María Dueñas).

Quiero empezar esta crítica con una enhorabuena muy sentida hacia la autora. Que una primera novela, sin un gran apoyo editorial de inicio, se haya convertido en el éxito del año gracias al boca a boca, lo merece. Para ser sinceros, me produce incluso una “sana” envidia: ya me hubiera gustado a mí escribirla. Especialmente por el dinero que ha reportado.

Porque, no nos engañemos, la novela, tan alabada por el mismísimo Sánchez Dragó, literariamente vale bastante poco. Quizás no sea políticamente correcto, pero desde el principio se nota que está escrita por una mujer. Y entiéndaseme bien: cuando digo escrita por una mujer, quiero decir escrita por y para mujeres, pues hay escritoras excelentes que no dan pistas sobre su sexo al escribir. En fin, que, para ser más directos, hay un número excesivo de episodios con un incuestionable aroma a Bárbara Cartland o a nuestra Corín Tellado; con un decepcionante tufillo a telenovela.
 
El argumento puede ser correcto, una modista que, por mor de su estancia en el África española durante la Guerra Civil, se ve “obligada” a convertirse en espía. Sin embargo, su desarrollo es decepcionante. Los personajes son completamente planos: los buenos son buenos y los malos, malos, lo que para una novela de espías es algo poco creíble. Le faltan a María Dueñas unas cuantas lecturas de Le Carré, conocedor de un mundo del que nuestra autora demuestra ignorar casi todo. Por otro lado, las situaciones en las que se ve envuelta la protagonista siempre acaban bien, nunca pierde “plumas” por el camino, salvo, claro está, en los desafortunados amoríos que marcan esa desdicha interior que se empeña en arrojarnos a la cara cada vez que tiene ocasión.
 
Hay, además, algún episodio imposible: la reunión entre alemanes y portugueses de la que la modista es testigo a una cierta distancia, y que, sin embargo, es capaz de transcribir. ¿En qué idioma pueden hablar portugueses y alemanes? Evidentemente no en español, y a la protagonista no se le conoce el dominio de otra lengua. Y cualquiera que haya oído hablar a unos portugueses entre sí, especialmente cuando son labriegos y uno se encuentra en otra mesa atendiendo, además, a otra compañía, se da cuenta de que castellano y portugués no son fonéticamente tan semejantes como nos gustaría.
 
En cualquier caso, el momento más preocupante de la obra llega hacia el final, cuando, recobrada la capacidad de amar de la protagonista, por momentos parece que El tiempo entre costuras va a ser el punto de partida de una serie de novelas de espionaje protagonizadas por la modista y su flamante marido, espía también. Afortunadamente para todos, la propia autora desbarata esa posibilidad con las notas finales sobre los personajes (o al menos eso espero).
 
¿Entretiene la novela? Como cualquier novela de aventuras. ¿Es creíble? Pese a la aparición de diversos personajes históricos, no me lo parece. ¿Justifica el relato sus casi 600 páginas? Rotundamente no. ¿La recomendaría? Pues se me ocurren docenas de libros a los que dedicar el tiempo antes que a éste, empezando por el excelente Balzac y la joven costurera china, título que me viene a la memoria cada vez que pienso en este libro. Y, claro, las comparaciones son odiosas.