miércoles, 1 de febrero de 2012

Baricentro (César Fernández).


“Las ingles y la cabeza; relación si la hubiera”. Ésta era una de las cuestiones que sobre el tema general de las ingles ponía de examen a sus alumnos el maestro de escuela de la película de José Luis Cuerda Amanece, que no es poco. Pues bien, parafraseando al genial profesor, César Fernández ha acometido en Baricentro semejante ejercicio: “geometría y virginidad; relación si la hubiere”. Titánico esfuerzo que presupone en el autor el conocimiento por igual de materias tan aparentemente distantes como la geometría y la virginidad, y, tras ello, la capacidad de encontrar entre ambas un área común a modo de lo que sucede con los conjuntos secantes.
Respecto de la geometría, el autor es ingeniero de caminos de profesión, por lo que consideramos académicamente acreditado el conocimiento de esta disciplina matemática. En cuanto a la virginidad, no forma parte de momento del currículo de nuestras Universidades esta área del conocimiento, por lo que debemos limitarnos a suponer que, si ha sido capaz de escribir algo más de cien páginas al respecto, alguna experiencia debe tener, aun cuando la virginidad que aquí se glosa sea la femenina, la única que en puridad merece tal nombre.
La novela está estructurada en torno a las reflexiones de cuatro personajes: un geómetra y tres de sus alumnas, vírgenes todas ellas. Él, un jeta, para entendernos desde ya, trata de justificar con argumentos geométricos (dada nuestra escasa formación en el tema no sabemos hasta qué punto cogidos por los pelos) su devoción por las vírgenes en general, y por esas tres en particular a las que pretende llevarse al catre (no desvelaremos si lo consigue o no) y construir con ellas su particular paraboloide hiperbólico (figura que no es sino una silla de montar –qué bien traído- y que no he llegado a comprender cómo, pero que parece que se hace partiendo de cuatro puntos –los cuatro protagonistas- situados en distintos planos). Con ello, dice, podrá disfrutar de las tres muchachas de manera plena, “de ese número tres que para los pitagóricos era el número perfecto por tener principio, medio y fin”. Porque el amor, sigue justificándose el profesor, es trino, como los es Dios, que, a su vez, es amor.
En fin, dejando atrás la erudición no sólo matemática que envuelve la obra, reconocemos en el geómetra a un devoto del cortejo que no duda en desviar el virtuoso río de la geometría para hacerlo desembocar en un mar por fuerza menos casto. Y, pese a que poca simpatía despierta en el lector, sí que éste es capaz de empatizar con él, pues estrategias, si no tan doctas sí igualmente peregrinas, seguro que ha utilizado para tratar de embaucar a alguna señorita con idéntico propósito, habiendo dependido su éxito o su fracaso, no ya –reconozcámoslo- de la eficacia de su discurso, sino de cuestiones tan poco geométricas como la hora de la madrugada, la ligereza de cascos de la destinataria de sus requiebros y, sobre todo, de una científicamente acreditada menor capacidad de asimilación del alcohol por parte del sexo débil.
La novela, tal vez ensayo novelado, a pesar de sus continuas referencias científicas, se lee bien, y llega a captar el interés del lector por ver el resultado de las astucias del profesor y por tratar de desentrañar las cavilaciones, a veces delirantes, de las tres vírgenes. Tanto es así, que se echa de menos algún que otro capítulo que termine de acrisolar los dislates de uno y los desvaríos de las otras tres.
La enunciación de las preguntas del examen por el maestro de Amanece, que no es poco con la que comenzábamos esta crítica, era inmediatamente contestada por uno de los invasores del pueblo presentes en el aula con un bofetón. No es merecedor de esta dudosa recompensa César Fernández, pese a haberla recibido de una industria editorial que no ha sabido apreciar en Baricentro la lírica que contiene ni encontrar un hueco para él entre los más de 100.000 libros que se editaron en España el pasado año, lo que le ha obligado a una autoedición forzada. Aunque, tal vez, y habida cuenta de muchas de las obras que se cuelan entre ellos, pueda hacerse un acertado paralelismo entre los patanes que invaden el pueblo del maestro y los encargados de decidir qué escritos acaban en la imprenta y cuáles son rechazados.

Αποστολή εξετελέσθη.

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