miércoles, 8 de mayo de 2013

La cuchara menguante (Sam Kean)


¿Existen dos libros con el mismo título y cuyos autores tienen el mismo nombre? Porque la sensación que me ha quedado al terminarlo es que el libro que yo he leído no puede ser el mismo libro que ha merecido tantas y tan unánimes críticas elogiosas. Lo menos que puedo decir es que me ha decepcionado. Quizá sea porque, debido a esas críticas, lo empecé con unas expectativas demasiado altas.

La primera en la frente. No sé si es culpa del editor español, o en el original pasaba lo mismo: Las notas a pie de página no se encuentran a pie de página, sino que están reunidas al final del libro. Es una cosa muy molesta, porque además algunas son notas aclaratorias, otras son ampliaciones o divagaciones que igualmente habrían podido tener cabida en el texto, y otras son meras anotaciones bibliográficas. Hay que andar con dos señales, y moviéndose continuamente de un lado a otro, a veces para nada. (Sí, lo confieso, soy uno de esos lectores negligentes que, cuando leen un libro, no corren a la biblioteca para consultar la bibliografía.) Es incomodísimo. Y me temo que no es un caso aislado, sino que es una tendencia que está imponiéndose entre los editores. ¿Por qué? No lo sé. Podría haberse entendido hace cien años, cuando los libros se componían manualmente, pero ahora, con las facilidades que dan los editores de texto, ¿qué problema hay con colocar cada nota donde corresponde? ¿Es que pretenden que leamos primero el texto entero, y después todas las notas de corrido? No tiene sentido. Yo, al menos, me veo incapaz de recordar, después de haber leído todo el libro, a qué hacía referencia cada una de las notas. Sin embargo, si sólo se tratara de esto, no habría escrito esta crítica; para ser justos, es un problema de composición, más achacable al editor que al autor. Pero no, hay más.

Vayamos al contenido. Con la excusa de la tabla periódica, lo que hace el libro, sobre todo, es contar anécdotas. ¿Habla de ciencia? Sí, pero, para mi gusto, se queda corto. No he medido los párrafos, pero la impresión que me ha quedado es que la mayor parte del libro es un "Sálvame" de la historia de la ciencia. Muchas anécdotas tienen poco o nada que ver con la actividad científica de los personajes que aparecen en el libro. Me ha recordado algo que leí hace unos años, y que me pareció, y aún me parece, una aberración. Decía algo así como que para divulgar la ciencia hay que reducir el contenido científico al mínimo, y rellenar con paja. No con esas palabras, claro, pero el mensaje era ése. ¿A alguien le parecería aceptable un consejo semejante para escribir, pongo por caso, sobre política internacional, sobre leyes, sobre historia del arte o sobre fútbol? Por supuesto que no. Entonces, ¿por que con la ciencia sí vale? Estoy de acuerdo con que hay que hacer la ciencia accesible al gran público, pero no creo que sea ése el camino. No olvidemos la navaja de Einstein: "Es conveniente simplificar todo lo posible, pero no más". Esa divulgación científica con mínimo contenido puede servir para vender más libros y más revistas de divulgación, pero no me parece que sirva para despertar el interés por la verdadera ciencia entre los legos y, desde luego, a los científicos nos aburre. A mí por lo menos. El que no sepa nada de ciencia, poco va a aprender así, con el agravante de que va a creer que sabe. Como divulgador, prefiero dirigirme con rigor a un pequeño grupo de lectores interesados que soltar cuatro chorradas para atraerme al "gran público". Tampoco hay que rasgarse las vestiduras porque a un amplio porcentaje de la población no le interese la ciencia. Allá ellos. No desvirtuemos la ciencia para complacerlos, que lo que vamos a conseguir es que los que están realmente interesados deserten.

Como muestra de la profundidad científica del libro, el autor dedica unas páginas, que a mí se me hicieron interminables, al asunto de cuál sea la palabra más larga en inglés. Que debe de ser de indudable interés científico porque en una revista científica se publicó una vez una de las candidatas, el nombre de una proteína formado por la concatenación de los nombres de nosecuántos aminoácidos. ¿Dónde está aquí la ciencia?

Se nota además en el libro un acusado provincianismo estadounidense, por ejemplo en la comparación de la tabla periódica con el mapa de los EE.UU., con los gases nobles en la costa este, los metales alcalinos en la costa oeste y los metales de transición en las grandes llanuras. Es una metáfora útil para el lector estadounidense, no lo pongo en duda, pero no tanto para el lector español, mucho menos ducho en geografía norteamericana. Una metáfora pierde su utilidad si el lector está tan poco familiarizado con la imagen como con la realidad con la que aquélla se identifica. La traducción tampoco ayuda mucho; por ejemplo, Rosie la remachadora debe de ser muy conocida en Estados Unidos, pero yo he tenido que buscarla en Google para saber quien  era. (Sí, al final sí sabía quién era, la conocía de vista, pero no sabía que se llamara así.). Y hablando de la traducción, aunque en conjunto está bien, hay unos cuantos errores garrafales que saltan a la vista, como dejar sin traducir, en mayúsculas y sin artículo, el grado militar Major en un nombre, como si formara parte del nombre propio. Y sobran ciertas explicaciones que pueden ser necesarias para el lector anglófono, pero que para el español no tienen sentido, como explicar que lunático viene de luna, porque luna en latín se dice... luna. Y, a propósito del latín, parece que el autor tiene algún problema personal con esa lengua. A no ser que esté empleando la vieja técnica de los demagogos de rebajarse al nivel mínimo de la audiencia para ganársela mediante el desprecio de todo lo que signifique elevarse sobre ese nivel. Pero no quiero ser malpensado.

Más grave aún que el provincianismo me parece el descarado sesgo chovinista en la selección de las anécdotas: El autor es indulgente con los científicos estadounidenses pero se ceba con los extranjeros. Como muestra, censura extensamente y sin piedad a los científicos que trabajaron o medraron bajo los regímenes nazi y soviético, pero a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki sólo les dedica una aséptica línea. Y cuando no tiene más remedio que criticar alguna investigación llevada a cabo en los Estados Unidos, nunca olvida destacar el origen extranjero, generalmente europeo, de algún científico involucrado.

¿Y qué hay del contenido realmente científico? Pues deja bastante que desear. Por ejemplo, utiliza exclusivamente el modelo de Bohr de sistema solar en miniatura, superado hace décadas, para hablar de los átomos, y describe un condensado de Bose-Einstein de átomos como un átomo gigante, confundiendo el tamaño con la deslocalización causada por el principio de indeterminación de Heisenberg. El hecho de que no podamos determinar con precisión dónde se encuentra un átomo no significa que su tamaño haya aumentado; de ser eso cierto, podríamos decir lo mismo de los electrones en un átomo. Porque desde hace casi cien años sabemos que los electrones no giran como planetas alrededor del núcleo atómico, sino que su posición nos viene dada por una nube de probabilidad alrededor del mismo; una nube que es tan grande como el propio átomo. Pero el tamaño de esa nube, la región del espacio donde existe una probabilidad no nula de encontrar al electrón, no es el tamaño del electrón.

El autor también patina cuando habla del valor absoluto de constantes con dimensiones como si fueran adimensionales. De una constante adimensional, como la constante de estructura fina, que caracteriza la intensidad de la interacción electromagnética (aproximadamente 1/137), podemos decir que es grande o pequeña en términos absolutos, pero de una constante con dimensiones, como la constante de Planck, no podemos. No es correcto, como hace el autor, decir que la constante de Planck es cientos de miles de millones de veces menor que 1 (o la cantidad que sea, que ahora mismo no la recuerdo). Su valor numérico depende de las unidades en las que lo midamos. Sí, el valor de la constante de Planck es muy pequeño en los sistemas de unidades habituales, pero su valor numérico varía en 19 órdenes de magnitud, o sea, diez trillones de veces, según se exprese en Julios por segundo o en electronvoltios por segundo. Y de hecho, en el sistema de unidades naturales propuesto por el mismísimo Planck en 1899, la constante de Planck vale 1. Puedo parecer quisquilloso, pero, como ya he comentado en mi blog El neutrino, el correcto manejo de las dimensiones es una herramienta matemática potentísima y muy fácil de aprender, y de la que sin embargo se priva a los estudiantes de primaria y secundaria, con las consecuencias que todos conocemos (y no me refiero ahora al libro).

No me quiero extender mucho más en esta crítica, pero no puedo pasar por alto el último capítulo del libro, en la que el autor aborda la presunta obsolescencia de la tabla periódica por el descubrimiento de objetos físicos tales como los superátomos, los puntos cuánticos... El autor induce a confusión en su afán de identificar con átomos lo que no son más que cuerpos que presentan ciertas características de átomos. Un punto cuántico, por ejemplo, es un semiconductor que, entre otras muchas propiedades, tiene transiciones de energía discretas como las de los átomos. Pero eso no significa que sea un átomo, de la misma manera que un grillo-topo no es un topo, aunque se le parezca, y la simulación de una borrasca en un superordenador no es una borrasca de verdad. Este tipo de confusiones es el que llevó hace unos años a la prensa a afirmar que se había creado un mini-agujero negro en un laboratorio de China, cuando lo que realmente se había construido era un metamaterial con ciertas propiedades análogas a las de los agujeros negros. ¿Hay que incluir cualquier cosa que se comporte como un átomo en la tabla periódica? Desde luego que no. Como tampoco necesitamos un permiso de Aviación Civil para instalar un simulador de vuelo en nuestro ordenador.

En fin, que como libro de divulgación no puedo recomendarlo. Pero si te interesan más las anécdotas curiosas que la ciencia, éste es tu libro. Aunque quizá no deberías hacerme caso; debo de estar equivocado, porque incluso la Royal Society de Londres eligió este libro como el mejor libro de divulgación científica de 2010. ¿Por qué lo hizo? No tengo ni la menor idea. Si en todo un año éste fue el mejor libro de divulgación que pudieron encontrar, es para echarse a temblar por el estado de la divulgación científica en este planeta. O por el estado de la Royal Society.

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