lunes, 4 de abril de 2011

El mundo (Juan José Millás).

El otro día me crucé con Juan José Millás por la Gran Vía. Supongo que iba a la SER, al programa La ventana, donde colabora. Eso me hizo recordar la última novela suya que he leído: El mundo. Curiosamente es otro Premio Planeta, como el ya comentado Riña de Gatos, y también curiosamente, al igual que éste, puede recomendarse sin temor a defraudar (aunque hay gente para todo).
Es una novela autobiográfica, como reconoce el autor, situada en los años de su preadolescencia, con toda la carga de añoranza, positiva y negativa, que nos suelen traer esos años en los que todo es nuevo y todo nos produce miedo o plantea un reto. Bien es cierto que los recuerdos personales a otros pueden aburrir, y que puede caerse en la tentación de, a la manera freudiana, convertir esas vivencias en la coartada perfecta para explicar neurosis particulares poco justificables (y quizás haya algunos pasajes de la obra por ello más difícilmente digeribles), pero eso es lo de menos. De lo que se trata es de buscar un punto de arranque de un relato creíble y bien estructurado. Y creo que El mundo lo es.
Al tiempo de redactar estas líneas he releído algunas declaraciones de Millás sobre la obra, porque hay una parte de la novela que siempre me pareció un ajuste de cuentas con sus padres, seguramente ignorantes de la gravedad de determinados hechos que relata y que hoy llevarían a sus autores ante los tribunales, pero que en la época eran para los niños, desgraciadamente, el pan nuestro de cada día (sirva esto como excusa para ellos y para todos los padres que en el mundo han sido: la diferente valoración del sufrimiento propio y del ajeno -especialmente el de los niños). Y, efectivamente, confiesa el autor que tuvo que esperar a su muerte para referir esos duros acontecimientos. Como indica en el primer párrafo de la novela, la literatura es como el bisturí eléctrico que manejaba su padre: “cauteriza la herida en el momento mismo de producirla”. Seguramente desde este punto de vista es desde el que hay que entenderla: como todas las obras de este género, suele ser más valiosa para quien la escribe que para quien la lee, pero seguramente de ahí parte su interés. Porque, sí, a todos nos importa un bledo quién fuera el mejor amigo de Millás cuando tenía 10 años o a qué se dedicaba su padre, pero lo que tiene valor es relatarlo y hacerlo bien, como dije en mi crítica de El pibe que arruinaba las fotos.

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