martes, 12 de abril de 2011

El hombre más buscado (John Le Carré).

John Le Carré no es sólo un clásico de la novela de espionaje, sino que su conocimiento profundo del mundo que describe (no olvidemos que él mismo fue espía) dio a este género un plus de credibilidad tantas veces ignorado por otros autores, más cercanos a las absurdas correrías de James Bond que a la cruda realidad de los servicios de inteligencia.
Y digo esto, porque uno puede abrir una novela de Le Carré sin miedo a perder el tiempo, sin miedo a terminarla tal y como la empezó, sin miedo a no haber aprendido nada del impenetrable tema del que trata, tan ajeno a la vida ordinaria de las personas de bien. Especializado en la época de la Guerra Fría, que tan magistralmente glosó, Le Carré ha sabido adaptar su relato a los nuevos tiempos, con un orden mundial lejano a la maniquea bipolaridad Este-Oeste, poniendo encima de la mesa las oscuras y sutiles facetas del concierto internacional actual, tal y como ya hizo con El jardinero fiel.
Precisamente, en El hombre más buscado, Le Carré entra de lleno en la paranoia que sacudió el mundo occidental tras los atentados islamistas contra las Torres Gemelas. Y lo hace desde la más absoluta objetividad, dando a cada uno lo suyo: a los islamistas radicales su afición al asesinato indiscriminado; a los servicios secretos su cínica propensión a desconfiar, poniendo en evidencia la incompetencia que de ordinario demuestran, la cual queda sin castigo si se exceden de precavidos pero no al contrario (con lo que la solución es obvia: primero mata y luego investiga); a los gobiernos occidentales su deseo de no disgustar al “amigo” americano, estando dispuestos a lo que sea para no ser tachados de sospechosos, tibios o reluctantes; y a las ONG, cuyo amateurismo a veces dificulta una solución, seguro que más heterodoxa, pero quizás más simple y efectiva.
En el argumento de la novela se relacionan muy acertadamente los residuos que dejó la antigua URSS, el blanqueo de capitales de la honesta banca occidental, el islamismo moderado, el islamismo radical, la dura (y a veces ingenua) labor de las ONG, los servicios secretos, siempre modulados en su eficacia por las ambiciones personales de sus componentes, ya sean políticos o técnicos.
Los personajes principales, ciertamente estereotipados (desde la bienintencionada abogada, al musulmán santurrón, pasando por el banquero entre codicioso y confiable y toda la suerte de cínicos espías de mayor o menor graduación), cumplen la función de desarrollar la trama a la perfección, si bien es cierto que el triángulo pseudo-amoroso que se establece entre los tres primeros, resulta tan innecesario como poco creíble (¡basta ya de que los protagonistas siempre se enamoren!).
Todo ello para llegar a la pesimista conclusión de que nuestras vidas pueden quedar, por mero accidente, al albur de una decisión precipitada o excesivamente precautoria de la gentuza sin escrúpulos que dirige los servicios de inteligencia. Porque quien lea El hombre más buscado, podrá llegar a concluir que, si bien es una suerte ser ciudadano de un país de primera división en cuanto al respeto de los derechos humanos, esta casilla de partida puede quedar en una mera anécdota si las cosas se acaban por torcer y, como en el juego de la oca, caes al pozo. Aunque peor aún es ser un pobre y desgraciado musulmán en busca de asilo.

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