
En esta novela, como parece ser
que ocurre en las anteriores, se plantea al lector el dilema moral de
posicionarse ante una situación límite cuyas alternativas son la venganza, el
conformismo o, como mandan los cánones, acudir a la veleidosa justicia.
Es difícil hacer una recensión de
la obra sin desentrañar sus claves ni anticipar su desenlace, por lo que no lo
vamos a hacer. Sí diremos que trata de las relaciones humanas con sus miserias,
que son muchas. Relaciones familiares, en las que muestra la difícil situación
paterna frente a unas hijas respecto de las cuales el protagonista se resiste a
que se hagan mayores; relaciones conyugales, con episodios de infidelidad
gratuita; y relaciones extra familiares, muchas veces forzadas por las
circunstancias de la vida y lejos de la amistad, sentimiento casi siempre ajeno
a estos “conocimientos” incidentales que se forjan en la edad adulta. También,
y quizás sin proponérselo, se pone en evidencia la dificultad de simultanear
los papeles de víctima, juez y verdugo, especialmente el segundo de ellos, que
requiere de una labor objetiva, meditada y más pausada de lo que la venganza
exige. En este sentido, no puede evitar el autor adoptar la posición moral de
la que intenta escapar y que plantea como desafío al lector; la sorprendente evolución
del argumento le aboca a ello.
La novela está bien escrita y es
muy recomendable. Cada una de sus 352 páginas merece la pena, y a pesar de esa extensión,
que en muchas buenas obras se nos viene haciendo ya excesiva por lo innecesaria,
el ritmo narrativo incita a una rápida lectura. El médico protagonista está muy
bien definido, tanto que no genera ninguna simpatía en el lector, como tampoco la
suscita la mayoría de los personajes que aparecen en ella, a los que sólo se
puede tolerar desde el cinismo que impregna toda la novela y si no se entra en
valoraciones sobre su personalidad, su forma de ser o de comportarse.
En fin, como la vida misma.