
No seré yo
quien niegue a la lectura un poder transformador sobre las personas, incluso
sobre alguien a quien le han inculcado desde pequeñita una manera hierática de
actuar, el cumplimiento estricto del deber de una manera por otros diseñada.
Pero yo creo que en esta novela, no sé si de manera pretendida por el autor, lo
que realmente hace cambiar a la soberana es la adopción de una nueva afición de
manera compulsiva. Tanto da si es la lectura, el cine o la natación. Porque no
se muestra en el relato un cambio de postura de la reina hacia las ideas
políticas, sociales, morales que todos presumimos en tal personaje, sino en su
propia consideración, en el nacimiento de un cierto individualismo, incluso
egoísmo, en la protagonista, que termina por relativizar su propia y
mayestática figura hasta un final que no desvelaré, en función de su “adicción”
a la lectura.
Es un relato escrito en tono
amable, salvo con respecto a algunos escritores con quienes el autor aprovecha
para ajustar cuentas, y su lectura es muy recomendable, pues está bien escrita,
es ingeniosa y también es corta, lo que en los últimos tiempos nos cae más que
bien. Alan Bennett, su autor, más acostumbrado a los guiones y a las obras de
teatro, ha sabido condensar en pocas páginas una historia tan interesante como
inusual.